El análisis de “Crash”

20 01 2009

Crash logra de forma magistral una puesta en escena de la caída de los ideales que caracteriza a nuestra sociedad actual, y no conformándose con esta demostración, también logra confrontarnos con la única salida posible tras la caída de los ideales: “que cada quién, se haga responsable de sí mismo y de su destino”.

Sólo quien pueda dar ese salto, no sentirá desesperanzadora esta película, sino todo lo contrario, la puerta hacia la única realidad posible para la humanidad.

Para poder asumir nuestro destino, es decir, responsabilizarnos de nosotros mismos, tenemos que dejar de ser esclavos del Otro, y que quiere decir eso, se preguntarán, pues simplemente dejar de necesitar creer en la existencia de un garante externo que impida que nos ocurran percances, un garante que logre mantener un orden, una ley, una ética para la convivencia armoniosa de los seres humanos.

Primero, Crash nos hace ver la corrupción a todos los niveles, desde la policía, a los servicios dispensadores de salud, a los representantes del gobierno, etc, entonces, “no hay papá gobierno”. Por otro lado, nos regala esas hermosas escenas del cerrajero latino, su esposa y su pequeña hija, quienes han asumido la responsabilidad sobre ellos mismos, a pesar de sus modestos recursos socioeconómicos y culturales.

También se puede disfrutar del pasaje que da un cambio de perspectiva, en la esposa del Fiscal, representada por Sandra Bullock, quien luego de mostrarse muy temerosa de los otros diferentes a ella, los 2 negros que encuentra en la calle, antes de ser atacada, y el cerrajero latino, cae en cuenta de que algo no anda bien en ella, pues siempre esta malhumorada y desesperanzada, e inmediatamente de ésto, no pudiendo tramitar este contundente verdad, hace un pasaje al acto, cayendo por las escaleras, luego de lo cual logra su espacio en el mundo, abriéndose a los diferentes, es decir dejando de idealizar a los suyos: esposo, amiga, etc. Y quizás de una forma mucho mas teatral, en el “malandro”, aparentemente mas malo, quien criticaba absolutamente todo, no creía en nadie, pero no atacaba a sus semejantes, y luego vemos como queda “noqueado” ante lo que le sucede con el director de cine, y luego… su salto hacia una nueva perspectiva para su vida.





El truco del manco y Cuajo

20 01 2009
Dos amigos comparten un sueño: montar un estudio musical. Ellos son Cuajo, un payo agitanado que, debido a una parálisis cerebral, anda con dificultad; y Adolfo, un mulato que lleva mal el alcoholismo de su anciano padre.  Se estrenó el 16 de enero y todo apunta que es un largometraje de autor recomendable.
La pareja se ha lanzado a la reforma de un local, y trampeando consiguen el equipo que necesitan; pero aún les falta dinero para pagar a los obreros, y por ello se lanzan a vender videoconsolas, con gran éxito, y abrigos de visón, que éxito nulo. El intermediario se mosquea cuando no recibe el dinero acordado, y Cuajo y Adolfo empiezan a verse con el agua al cuello.

Neorrealismo a la española. Tono documental y ambientes marginales, interesantes tipos humanos que se esfuerzan por salir adelante, son las notas dominantes del debut en el largo de Santiago Zannou, que antes hizo los cortos Mercancías y Cara sucia, este último ganador del Goya. El cineasta, hijo de africano y aragonesa, muestra inquietudes sociales a la hora de bosquejar los muchos obstáculos que han de superar los protagonistas para salir adelante. Conmueve ver a Cuajo bajando con esfuerzo denodado una escalera, o teniendo dificultades para ligar con una joven, o a Adolfo llevar a urgencias al desastre de su padre, y estar él mismo enganchado a la droga. Los actores son no profesionales -Langui, que encarna a Cuajo, tiene una tara física de nacimiento, y lidera una banda de hip-hop-, y resultan convincentes en su aspecto de personas bregadas por la vida, ese “no me digas que no se puede” de Cuajo tiene el atractivo de lo real, del tipo que sabe lo que es luchar en esta vida. Hay lirismo en algunos pasajes de este canto a la amistad, y un tono agridulce en las escenas en que lo que uno se propone se derrumba como un endeble castillo de naipes. Quizá Zannou se demora en exceso en algunos pasajes, y el tono cutrerrealista puede ahuyentar al espectador. Pero es obligado reconocerle su pulso narrativo.








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